| Los panditos (que así se llaman los habitantes de esta singular villa) viven resguardados al pie de la Sierra de Jarastepar, encaramados a 700 m. sobre el nivel de mar. Alrededor, el paisaje rocoso de las sierras del norte va diluyéndose poco a poco hacia el sur, convirtiéndose en tierras alomadas y abarrancadas suavemente coloreadas por castaños, alcornoques, pinos y olivares. Por su parte, los frecuentes arroyos que bañan a Alpandeire han creado unos espacios naturales de enorme belleza, como es el caso de El Pozancón, Los Huertos o la Finca de Las Amarillas.
PASADO REMOTO
La Serranía de Ronda ha estado poblada desde la Prehistoria y en Alpandeire hay numerosas pruebas de ello. Los dólmenes de Encinas Borrachas y Montero son testigos valiosos de estos asentamientos remotos. Unos enterramientos megalíticos que han permitido conocer su forma de vida y sus hábitos mortuorios. En la extinta Ambareg, una hipotética población situada en el Cerro del Castillejo, también se han encontrado sepulturas y momias, en concreto las de un hombre y una mujer, la cuales se guardan celosamente en la iglesia parroquial en perfecto estado.
Otros restos, en esta ocasión cerámicos, hallados en lugares como La Vasija y La Mimbre, indican que los romanos se establecieron en esta zona durante algún tiempo. Sin embargo, la génesis de Alpandeire es incontestablemente árabe.
Así, en el año 711, al poco de que Tarik entrara en la península Ibérica, se funda Apandeire, siendo de este modo uno de los primeros pueblos que los musulmanes levantaron en la Serranía de Ronda.
La historia reciente de esta villa está íntimamente ligada a uno de sus vecinos más místicos: fray Leopoldo de Alpandeire. Nacido en 1866, dedicó su vida a ayudar a los más necesitados. La devoción popular hacia este monje capuchino, al que se le atribuyen muchos hechos milagrosos, ha crecido con el tiempo y tanto su tumba, en Granada, como su casa natal, siguen siendo visitadas por numerosos fieles.
UN LABERINTO BLANCO
El casco urbano de Alpandeire dibuja un laberinto de calles encaladas en continua pendiente. En el centro se encuentra la iglesia de San Antonio de Padua, construida a mitad del siglo XVI y reconstruida en el XVIII. La parroquia, de grandes dimensiones (los lugareños la llaman “la Catedral”), está compuesta de tres naves con bóvedas y crucero cubierto con cúpula, y en el exterior se alzan dos campanarios octogonales de ladrillo y rematados por tejadillos piramidales. Asimismo, en los sótanos se esconde un cementerio antiguo. Según la leyenda, los cadáveres de esta necrópolis descansan casi intactos. De hecho, como ya hemos mencionado, se conservan embalsamados dos momias en el Panteón de esta iglesia.
Otros lugares de interés son el Antiguo Pósito (del siglo XVII), que en la actualidad alberga un centro cultural; el Monolito de Fernando VII o la propia estatua erigida a la figura de Fray Leopoldo. Y en las inmediaciones, sin duda merece la pena adentrarse en el Valle del Genal; ascender a las cimas de Jarastepar, del Carnero o Pozancón; atravesar los tajos del Canalizo y del Infiernillo; subir al Cerro de los Frailes; zambullirse en la cascada de agua del Chorrerón o en el nacimiento de agua del arroyo Laza.
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