| Cuando se habla del crimen organizado, lo que más tememos los ciudadanos normales es que su organización sea superior a la lograda por la policía. Las Fuerzas de Seguridad piden un plan nacional contra la delincuencia mafiosa y advierten que si no se consigue una actuación conjunta las cifras no pararán de crecer. En eso sí que es necesaria la globalización. La verdad es que, entre los viajeros y los turistas a los que debemos gratitud y respeto, se han infiltrado algunos huéspedes indeseables. No está bien alarmar, pero sí alertar.
Se han detectado asesinos a sueldo afincados en España y los sociólogos hablan de “efecto llamada”. Si las organizaciones delictivas animan a que sus colegas se establezcan entre nosotros, ¿no será porque encuentran aquí un gran futuro? La desproporción entre delitos y penas puede resultarle muy atractiva a los criminales y a los ladrones, pero lo que está muy claro es que la benevolencia con los delincuentes no beneficia a la lucha policial. Hay bandas especializadas en el asalto de chalet, otras en el robo de coches de gran cilindrada, otras que se dedican en exclusiva a desvalijar joyerías. Todo parece indicar que se han repartido muy bien el trabajo y el territorio. No quieren competencia entre ellos, no sea que alguien se entrometa en los asuntos de un búlgaro, que se ha llevado un Mercedes, y otro se lo haga en las labores de un marroquí, perito en el trafico de hachís. “Vamos a llevarnos bien, que hay parar todos”, puede ser el lema.
Han crecido de tal modo los asaltos a los chalet que están preocupados incluso quienes no tenemos chalet. Como en casa de uno en ninguna parte, solía decirse, pero ahora no empieza a ser así. Tras el asalto de Valencia, en el que el dueño mató a dos ladrones, ha florecido un negocio nuevo: la fortificación de viviendas. Mucho hormigón, mucho acero, puertas acorazadas… Todo más caro que extraditar a
los delincuentes. |