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Nº 43 Invierno 2006
 
 
 
Manudecor
Mundo turístico
CUADERNO DE BITÁCORA, CANTABRIA-COSTA DEL SOL

 

PRIMER DÍA
La salida

Málaga ha amanecido con cielo despejado y carreteras colapsadas. O sea lunes. En el aeropuerto nos vamos juntando los viejos aprecios y algunas caras nuevas con un algo de timidez.
Volamos sobre la seca España, la yerma España que se muere de sed. Dice la pantalla que en Santander llueve.

La llegada
En Santander no llueve, sólo está nublado. Vamos en autobús por una autopista flanqueada de plumeros, que nos cuentan son de la Pampa argentina. Flora de ida y vuelta, flora indiana.
Las casas son de ladrillo rojo, un rojo húmedo y tristón que no alcanza a contrastar con el verde que lo envuelve todo.
Cabezón de la Sal hace esquina con las nubes. Vemos llover por primera vez desde hace un año. El aire es húmedo y vivo y nos despeja los pulmones del aliento del terral que todavía sopla en Málaga.
Cantabria tiene la piel verde. A los que venimos del sur, tan azules, el verde nos impresiona mucho, como si descubriésemos un sabor o un cuento nunca oído. Y es que viajar es, por unos días, ponerse la vida de otro.


SAN VICENTE DE LA BARQUERA
Es un pueblo bello con cantante famoso con carteles por todas partes. Comemos en Maruja un marisco fiero y denso, fresco y casi primitivo. Ni salsas ni engaños. Agua y fuego, nobleza para lo noble.
Tras el avituallamiento seguimos viaje en dirección a la montaña. Rodeados de verde, el mar, al fondo, parece una impertinencia, una provocación azul y burlona que dejamos atrás pero volviendo la cabeza de cuando en cuando.
Se suceden los nombres de la Cantabria rural (Pechón, Unquera, Panes…) mientras entramos en el Desfiladero de la Hermida, que es como un largo esófago claustrofóbico que nos lleva al Valle de Liébana. El Desfiladero es un juego de luces, de corrientes de agua, de montaña asomada tras el eterno verde. Y al pie del camino algunas casas de piedra, muchas medio venidas abajo, soportando apenas la vejez, la condena del tiempo.

Lomeña
Y así hemos subido hasta Lomeña a hacer una foto. Lomeña tiene tres sílabas, tres calles y un olor a establo cálido y penetrante. Recorremos el pueblo alborotando una paz de siglos, quebrando el aburrimiento plácido de los vecinos que nos miran confiados y sonrientes como a una rareza, como un entomólogo mira a un raro escarabajo del que tenía noticias pero nunca había visto.

Potes
Potes tiene una vis turística que todavía no empacha, que aún es soportable. Llegamos en plenas fiestas y están jugando a los bolos, deporte local con muchos seguidores. Los carteles anuncian actuaciones dormidas en el tiempo

Cosgaya
Paramos en el Hotel del Oso, que tiene un san bernardo con sangre de estatua y tamaño de cíclope. Esta es tierra de osos. El bosque lo rodea todo, todo es aquí bosque, y a lo lejos sólo se ven los Picos de Europa escapando del verde.
Se intuye también el lobo ahí, en lo espeso, entre el nogal y el río, acorralado por el lobo humano, pero aún fiero, aún salvaje, aún libre.

 

Espinama
Paseamos de noche por Espinama. Nos acompa ña el rumor del río, como una sombra de la sombra que cae sobre nosotros. ¡Si yo supiera lo que dice el río!
El cielo se despeja y lucen las estrellas. Alguien dijo que son la propaganda de Dios. En todo caso, es buena publicidad. Conocer las estrellas, recordar algunos versos y andar algunos caminos es todo lo que uno necesita en esta vida.
En la cena aparece la sombra del indiano, su mito. El conductor que nos lleva de un sitio a otro es nieto de indiano y nos cuenta la historia del abuelo. Añoraban volver, pero cuando regresaban construían enormes caserones y los pintaban de añil, como en las Indias, y plantaban palmeras en la entrada.
Y es que uno acaba siendo de todos los sitios en los que ha estado y quisiera llevárselos consigo a todas partes.

SEGUNDO DÍA
Ha amanecido un sol manso que alumbra la montaña hacia la que vamos.

Puertos de áliva

El teleférico desde Fuente De roza la piedra, la pared vertical del monte. Desde arriba se domina el valle y el monte parece a su vez dominarlo todo, sereno y poderoso, como un dios antiguo.
El todoterreno cruza los viejos senderos de los pastores. Dejamos los coches y hacemos el resto del camino andando, descubriendo veneros y manantiales, oliendo la montaña, metiéndola dentro de nosotros ya para siempre.

Ruta a caballo
Somos una reata de jinetes inexpertos y algo asustados. Los únicos confiados son los caballos, que hacen la ruta con una experiencia obrera. Subimos a una destilería donde hasta la brisa es destilada. Bajan los caballos solos y nosotros caminamos detrás, en línea más o menos recta, desandando la vereda.

Comida en Potes
El cocido lebaniego es el puchero andaluz pasado por la exageración montañesa.

Santander
En la Catedral hay una iglesia que llaman la del Cristo que es de un gótico bonsái, con una nave central llena de arcos rebajados que le dan un aspecto íntimo, cerrado, uterino.
Cae la tarde mientras miro al mar desde el Hotel Bahía. Está manso el Cantábrico, como era manso el sol de la mañana, allá en la montaña, pero su azul es una advertencia, una señal que anuncia una bravura que de momento descansa.
Ya por la noche, tras otra pantagruélica cena, caminamos por esta ciudad tan abierta, tan a la medida del hombre, de avenidas racionales y despejadas, toda de cara al mar, al azul, a lo esencial.

TERCER DÍA
Sale el sol desde el mar como trepando. Hasta el sol es montañero en esta tierra infinita.

Cuevas de Altamira
El hombre que alojó la belleza en la cueva, que intuyó a Dios entre la piedra, que se dejó el alma en el trazo humilde de carbón. Han hecho de Altamira un museo, han llenado de lógica aquel impulso, y ahora, asombrados, podemos recorrerlo y no explicarnos todavía qué buscaba aquel hombre, y sin embargo, saber en lo más hondo que, desde él hasta hoy, todo artista busca una sola cosa, a sí mismo.

Santillana del Mar
Se abre, medieval, a nuestro paso. Vamos esta mañana cruzando los siglos como quien recorre habitaciones de una casa. Del medievo al barroco se pasa en Santillana como de acera, y luego se va uno con la impresión de haberse encontrado a un rey antiguo en cada esquina, mirándole con severidad.

Comillas
Y de ahí al XIX, del barroco al modernismo, del medievo a Gaudí, va ese suspiro de tiempo que es otra brisa cántabra, tal dulce, sin merma de belleza alguna.

Carmona
Es de piedra desde el suelo al cielo. Hasta el río tiene alma de piedra, un alma que asoma ahora, con la sequía, desnuda y bronca. A la sombra, un hombre construye albarcas de madera y tiempo.

Cuevas del Soplao
El mundo está todavía en obras. En la Cueva del Soplao el mundo sigue haciéndose a sí mismo con paciencia de agua. Cae la gota filtrando el tiempo y el tiempo tropieza en la piedra, se agarra a ella y madura un sedimento albino y caprichoso. Afuera, la niebla se echa sobre el monte trayendo la noche. Es hora de recogerse.

El regreso
Es todavía de noche cuando iniciamos el regreso. Desde el avión se adivina el último reflejo verde. En Málaga el cielo está azul y continúa el atasco.

 

* Juan Gaitán, es periodista, escritor y colaborador de varios medios escritos. Es también Premio Pemán 2005 de Periodismo.

 

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