| Al poco de abandonar la jungla de asfalto, cuando aún el mar es el más atractivo malagueño que vemos en la distancia, a mano izquierda según nos dirigimos a las serpenteantes Pedrizas, nuestros ojos hallan el asombroso jardín de La Concepción. Milagro verde que atrapa al visitante en un hábitat esbozado por el frondoso pincel que sostiene nuestro clima. Esa Málaga tropical que hizo posible importar una constelación vegetal dispar y que ahora constituye, de nuevo, una sinopsis amazónica del sueño cultivado por Jorge Loring y Amalia Heredia Livermore hace más de un siglo.
Aquel matrimonio residió en la Hacienda que aún se encuentra en el interior del jardín botánico y durante años se dedicó, entre otras actividades, a importar toda clase de especies vegetales y florales que se encontraban en los rincones más cálidos del planeta. Las inquietudes culturales de la pareja convirtió su enorme y exuberante hogar en un foco esencial de las tendencias artísticas y literarias de la época. De hecho, unas románicas placas de bronce encontradas en la barriada de El Ejido, allá por 1851, fueron adquiridas por esta ilustre familia y dieron pie a que se constituyera el magnífico museo Loringiano, del cual quedan aún importantes muestras en las entrañas de la foresta.
Los espléndidos jardines encontraron en Amalia Heredia a su verdadera amante; la entusiasta creadora de un edén particular, la constructora de una selva aburguesada que fue mimada hasta en los más mínimos detalles. Mucho más tarde, tras pasar por otras manos propietarias, fue adquirido por el Ayuntamiento de Málaga que lo acondicionó y protegió, si bien no fue abierto al público hasta 1994.
Una sensación primitiva, casi salvaje, captura los sentidos nada más entrar por la reja de acceso al jardín. Una holgada avenida inserta, poco a poco al paseante, en un espeso oasis que parece infranqueable, sólo vencido por porfiados haces de luz que se inyectan entre las hojas e iluminan la majestuosidad del escenario.
Una pared difusa y clorofílica flanquea este trayecto. Plátanos de sombra, azahar de la China, arbustos de nítido maquillaje en sus hojas o pequeñas y níveas flores que acarician el olfato con su escurridizo aroma, engalanan el sendero que conduce a una lustrosa glorieta. Alrededor, un grupo de espigadas palmeras vigila a todo aquel que cruza por el arqueado puente que salva un breve riachuelo. En su escueta ribera, viven fabulosas especies exóticas. Más allá, titánicos ficus de raíces tubulares y aculebradas se agarran al oscuro y húmedo terreno. Bajo su densa sombra, subsisten maravillosas aves del paraíso gigante y aflautados tallos de bambú. Pero si algo singulariza a este fastuoso vergel, es la monstera deliciosa, vulgarmente llamada costilla de Adán por el diseño recortado y estrambótico de sus hojas.
En la parte alta se descubre la Casa Palacio, un edificio clásico de enorme belleza. Frente a la fachada principal, un estanque circular se encuentra invadido por náufragos nenúfares rojos y amarillos que cobijan a un niño tritón. Tres hermosos ejemplares de cyca revoluta y un gran drago de Canarias observan escondidos al silencioso chaval de piedra. La cyca, sacada de su hogar en Japón, China, Australia y la insular Java, es una de las especies botánicas más ancianas (dicen que proviene del Mesozoico).
Una rocosa escalera, bordada con bouganvillas y rosas, permite acceder a la pérgola o salón de baile de verano: un envolvente túnel de abrigo violáceo, cuyo metálico esqueleto está usurpado por leñosas glicinas que se adhieren y se funden a la nostálgica estructura. Hoy, la tranquila pérgola ve robado su solariego silencio cada vez que es alquilada para cualquier celebración.
El crujiente camino prosigue teñido de voraces colores. Arrogantes palmeras de distintas nacionalidades pellizcan las nubes mientras el legendario drago de Canarias contempla, desde su sabia senectud, la dúctil caída de las hojas. Las aucarias reivindican, justo al lado, su supremacía en las alturas y recuerdan, a las demás especies, que sus troncos surcaron los siete mares a bordo de los navíos como palos mayores. El golpe de agua se adivina unos pasos más adelante. La cascada de la monstera deliciosa brota de un prodigioso tabique viviente compuesto de cientos de hojas que extienden sus ramas en un afán por refrescarse a cada instante. Unos metros más allá, salpicados aún por el canturreo del agua y el alborotado piar de los pájaros, encontramos el cautivador rincón de la ninfa. Ella, con la cántara mecida en sus sólidos brazos, mira su quieto reflejo en el opaco estanque.
El paseo de las palmeras de Canarias camina hacia el coqueto cenador. Es un pequeño templete circular, una bella cúpula de piel cerámica impregnada del regusto romántico del XIX mediante glicinas e hiedras. Desde este pomposo mirador, la capital malagueña se divisa al completo.
El sendero, tapizado con las ocreshojas blandamente fallecidas, desciende hacia los restos del museo Loringiano. Poco queda del antiguo esplendor de este huérfano templo artístico de formas dóricas, pero sus piedras continúan jóvenes, con la vanidad propia del que se sabe noble.
La Concepción, insurrecta vorágine dotada de la fina sutileza aristocrática, es un secreto por descubrir, un enigma de color esmeralda que resplandece aún en los luminosos ojos de Málaga.
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