| No hay por qué engañarse: la mejor forma de permanecer
contentos durante mucho tiempo es hacerse
una fotografía sonriendo, con unos amigos, durante
una sobremesa. La felicidad es una ráfaga, como si los dioses
se hubieran dejado abierta la puerta del paraíso y nos llegase un
viento de otro mundo. Nadie puede medir la alegría, ni mucho
menos pesarla, pero parece que la nuestra es ahora más baja y
más ligera que en épocas cercanas.
Quizá tenga algo que ver la
estafa filatélica o las razonables dudas acerca de la consistencia
del “alto el fuego permanente”.No se sabe. También puede ser
la primavera, esa estación un poco zangolotina, que aunque
siempre ha tenido muy buena prensa, altera la sangre y las
neuronas. Es precisamente en primavera, sobre todo los lunes,
cuando más gente decide abandonar de modo voluntario este
mundo y ausentarse sin dejar señas. Las estadísticas sobre suicidios,
como cualquiera otras, pueden engañar pero no mienten.
Un proverbio hindú asegura: “hasta las rodillas en la alegría,
hasta la cintura en la pena”. Ciertamente quizá tengamos una
mayor sensibilidad para percibir lo doloroso que lo placentero,
pero debemos luchar contra el abatimiento. Aunque haya
políticos que nos inventen, con las tijeras en la mano, a recortar
nuestros gastos y a corregir a la baja nuestras costumbres. ¿Por
qué el hedonismo estará tan mal visto? El mundo no es sólo un
valle de lágrimas. Tiene hermosas colinas, ríos de cauce apacible
y bosques donde no se encuentran lobos, sino ardillas.
Tiene también un mar como el que estoy
viendo desde mi terraza. El mar nuestro de
cada día. Dánosle hoy y siempre. No debo
entristecerme porque suba el petróleo y
lo único que me preocupa es que no
suba la marea. Siempre que ha llovido
ha escampado, aunque no sea menos
verdad que siempre que ha escampado
ha vuelto a llover. El secreto es
tener ánimo. Algo que hay que construirse,
generalmente a solas. |