| A lo largo de su vida, Pablo Picasso realizó un gran número de obras en las que la mujer fue protagonista. Estas mujeres no se limitaron a posar, sino que, a través de la mirada del maestro, adoptaron un papel activo en su creación, convirtiéndose así en musas, en fuentes de inspiración del hombre que las pintó y las amó.
Picasso. Musas y Modelos reúne un total de 46 pinturas, 14 dibujos y 6 esculturas que reflexionan sobre la poderosa presencia de la mujer en la plástica picassiana. Retratos y desnudos son los principales motivos presentes en las obras expuestas, realizadas entre principios del siglo XX, siendo su musa Fernande Olivier, y los últimos años de su vida, que pasaría junto a Jacqueline Roque.
En la exposición hay una importante representación de obras de este último periodo, puesto que las piezas, procedentes de diferentes colecciones públicas y privadas, formaron parte originalmente de la colección que en su día perteneció a Jacqueline. Se trata de un grupo de obras muy personales, conservadas voluntariamente por el maestro en su entorno y cuya naturaleza doméstica acentúa la sensación de estar asomados a un espacio cercano a lo íntimo y privado de la vida de Pablo Picasso.
De Fernande Olivier a Jacqueline Roque
La exposición revela al espectador el universo artístico y privado de Picasso. En éste, su compañera a principios de siglo, Fernande Olivier, es representada en bronce con una dureza de rasgos que dista del aspecto juvenil de la modelo. Tras Fernande, será Eva Gouel la mujer que inspiró la etapa cubista y que está representada en Mujer sentada en un sillón (1913).
Durante casi una década, la bailarina rusa Olga Kokhlova, madre de su hijo Paul, protagonizará la obra picassiana. Olga se muestra bajo apariencias heterogéneas también en la colección permanente, desde la dama burguesa hasta la madre primigenia y monumental. Sin embargo, será la nueva amante de Picasso, Marie-Thérèse Walter, quien probablemente aparezca representada bajo las formas más versátiles: desde la proximidad de una joven callada y de mirada soñadora, hasta la inaccesible sensualidad de una criatura casi mitológica.
Todo lo contrario sucede con Dora Maar, una de las fotógrafas surrealistas más destacadas de su tiempo y amante del pintor en los años 30. Será ella la que lo fotografíe mientras pinta el Guernica (1937) y será su rostro angustiado el que reproduzca en los bocetos previos a la realización de este gran cuadro, uno de los cuales puede verse en la exposición, Mujer que llora (1937).
Las obras inspiradas por su última compañera, Jacqueline Roque, son las más numerosas en la exposición y las más variadas en lo que respecta a temas y estilos. En ocasiones delicadamente realista y, en otras, esquematizada hasta el extremo, la imagen que Picasso nos muestra de su segunda esposa está llena de matices. Sus diferentes apariencias revela una intención cercana a lo lúdico, al gusto del artista por lo teatral: de negro riguroso, con una postura infantil de piernas cruzadas sobre una mecedora, vestida a la turca o a la española, desnuda, jugando con su perro o, simplemente, posando sentada, como si se tratara de una diosa de cuello interminable.
Aunque la pintura predomine en Picasso. Musas y modelos, también hay dibujos realizados con diferentes materiales –carboncillo, tinta o lápiz Conté– collages y esculturas en bronce o chapa.
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