| La Costa del Sol en Primavera |
La Costa del Sol en Primavera
(El imperio de los sentidos) |
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La Primavera florece precoz en las tierras de Málaga en un desafío al orden impuesto por las estaciones. La vida estalla en el calendario sin respeto al ignorado invierno. Brotan con impaciencia los colores, las formas, los aromas. Germinan todos los filamentos sensoriales sin obstáculos ni censuras
Texto: Esteban Montero /.Fotos: Patronato de Turismo de la Costa del Sol, Ayto. de Málaga y F. Quevedo.
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El sur de España tiene la cálida costumbre de comenzar la primavera cuando en otros puntos de la geografía el invierno continúa alojado en los termómetros. Es un privilegio único que se materializa al amparo de nuestro clima, bajo su escudo y protección. Este don, otorgado por los dioses atmosféricos, se manifiesta con especial intensidad en la provincia de Málaga. Aquí la primavera invade sin pudor las cronológicas posesiones del otoño y del invierno y se alía con el extenso verano para, entre los dos, dominar el transcurrir de casi todos los meses del año.
La naturaleza, que no entiende de fechas, tiene la instintiva necesidad de cambiar, de transformarse, cuando los elementos del entorno así se lo exigen: calor, luz, agua... La madre tierra siente en su seno las irresistibles contracciones de la vida, percibe su deseo de salir al mundo y detonar en su alborozada diversidad. La primavera se desata como un lujurioso alumbramiento, sin lógica, sin razón, sin prejuicios.
En Málaga brota con frenética virulencia y emergen, de nuevo, los voraces contrastes que caracterizan a este rincón de Andalucía. La escala cromática se abre hasta límites insospechados. Cada gran espacio, cada pequeño lugar, padece una espectacular metamorfosis. Una llamativa mutación que suele provocar que se desencadenen paisajes de incontenible vitalidad.
En las comarcas de Antequera y la Axarquía, especialmente, explotan magníficos los campos de almendros. Los árboles se cubren de esta nieve en flor, símbolo de su contradictorio rejuvenecer. El perfumado blanco de los frutos en ciernes se acomoda en el mullido verde de la piel de las montañas.
Los olivares malagueños, tantos y tan repartidos, descansan tras la recogida de la aceituna. Aprovechando este remanso, legiones de amapolas y de margaritas asaltan el cobrizo terreno agrícola con excitados rojos y amarillos. En cualquier sitio, por yermo que pudiera parecer semanas antes, crecen de forma inverosímil toda clase de especies vegetales. Las flores conquistan el suelo, pero también el aire, con sus viajeros aromas. Brillan las copas de toda la familia arbórea en un festivo brindis al sol. Deslumbran los orondos quejigos, las retorcidas encinas, los erizados palmitos, los templados castaños o los sonrojados alcornoques, desnudos de sus armaduras de corcho. Ciegan los dorados campos de trigo como valiosas y espigadas reservas de oro cereal. Resplandecen los valles, las sierras, los ríos, los bosques...
Las tierras de Málaga reciben así a la prematura primavera con la alocada y libre determinación de instalar sin cortapisas su imperio de sensaciones. |
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