| Los españoles, sobre todo los que tenemos el privilegio de vivir en la Costa del Sol que más calienta, nos extrañamos ante la hora habitual en la que comen los extranjeros, que por supuesto es mucho más racional que la nuestra. Antes, todo hay que decirlo, lo que nos sorprendía es que comiéramos nosotros, ya que no constituía una costumbre generalizada. El hambre, a veces congénita y hereditaria, atraviesa toda nuestra literatura y, como suelo recordar, la literatura es vida escrita. Desde la Picaresca, que es con la Mística una de nuestras cumbres literarias, hay una fuerte inspiración que proviene de estómagos vacíos. Ahora ya nadie sufre, ni siquiera en las inevitables zonas marginales, esa ausencia. Todo el mundo come. Unos más, otros menos y otros mucho más. (La obesidad infantil se ha convertido en un problema y no sólo porque en los recreos del colegio no dejen jugar al niño gordito sus compañeros, aunque el balón sea suyo).
El panorama mundial del hambre es patético. Los que hacemos la digestión constituimos una minoría privilegiada. Además no debemos confundir el hambre con el apetito. Cuando nosotros decimos eso de “qué hambre tengo” queremos decir que estamos en una buena disposición garantizada para comer bien. Lo que cada vez se lleva menos es comer en casa. Han variado mucho las cosas. Los españoles empiezan a apreciar más las frutas, la leche, las verduras y otros alimentos desdeñados por los zampabollos y tumbaollas. No consiste en hincharse, sino en saborear. El gran Azorín, que era muy austero no sólo en su prosa, nos dejó una sentencia: “comer no es ingerir”. En cualquier caso, es reconfortante, que dentro o fuera de casa, hoy comamos todos, tanto los extranjeros como los nativos, aunque a distintas horas. Lo cierto es que, con independencia de la que marque el reloj, siempre es sagrada la hora de comer.
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