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Nº 50 Verano 2007
 
 
 
 
 
Entrevista: Guillero Silva


Guillermo Silva

Durante 30 días, el Jardín Botánico-Histórico La Concepción ha estado habitado por las mágicas figuras de Guillermo Silva (Bogotá, Colombia, 1921). Este pintor, escultor, grabador, poeta y profesor de yoga vive en Málaga desde hace varias décadas. A sus 86 años, Guillermo nos habla a través de su hijo y fiel escudero Juan.


Nené, como cariñosamente lo llama Juan, nos aguarda en la cocina. En sus interminables manos y en su profundísima mirada están labradas las huellas de una vida intensa. La casa de los Silva está coloreada por innumerables obras, plagada de asombrosos artilugios y fascinantes cachivaches, un taller de sueños empañado hasta el último rincón de imborrables recuerdos. Entre estas paredes se recicla el alma del planeta, la energía cotidiana se crea pero no se destruye, se transforma, y todos contribuyen a ese círculo sinfín: la lluvia, el árbol, la lombriz, el gato… alimentando ese fluir cósmico tan venerado en las culturas orientales. Cada mañana, la familia de este trascendente artista colombiano camina monte arriba para contemplar el amanecer, un momento sagrado que desgraciadamente ya no puede compartir Guillermo debido a su avanzada edad. Profesor de grabado en la Universidad de México, Silva se envenenó los pulmones con ácido nítrico, por lo que marchó a la India en busca de alguna esperanza de curación. Allí aprendió yoga, a proteger su cuerpo a través de la mente, realizó una estricta dieta macrobiótica basada en el yin y el yan y milagrosamente sanó. Vegetarianos ovolácteos, seguidores de tratamientos tan llamativos como la orinoterapia, expertos en numerología (Guillermo es un rotundo siete, según su hijo) y otras disciplinas místicas, los Silva son una familia en permanente contacto con el universo.

 

  Texto: Esteban Montero. Fotos: Eduardo Grund.

¿Cómo surgió la idea de mostrar estas esculturas en La Concepción?

Llevábamos algún tiempo con la intención de exponer aquí en Málaga. Al fi nal nos llamaron de La Concepción y nos ofrecieron esta oportunidad. Ha sido de esas ocasiones que sin mover un sólo hilo, la vida te las presenta sin más. Ha sido muy especial porque era la primera vez que exponía monográfi camente sus piezas aquí.

Llamaba poderosamente la atención la forma en que se integró la fauna escultórica de Guillermo con en el entorno.

En este jardín, al igual que pasa por ejemplo en Noruega, dónde hemos ido tanto, la naturaleza es la que manda. Gracias a sus dimensiones, La Concepción nos transmite muchas sensaciones, nos recuerda el paraíso que pudo haber sido esta zona hace siglos. La naturaleza es uno de los componentes esenciales en la obra de mi padre, de ahí que afl orara tan bien esa integración.

Las obras de Guillermo están repartidas por todo el mundo (Nueva
York, Santiago de Chile, Montreal, Jerusalén…), ¿han pensado reunir sus obras en un museo monográfico?

La idea que barajamos hace tiempo es crear aquí mismo una casa-museo. En la palabra museo está signifi cada su obra pero en la palabra casa está descrita una forma de vivir, de comer...

La ley de causa-efecto que rige el mundo inició a Guillermo Silva “en la conciencia de la reencarnación”. Desde sus comienzos, los motivos medievales estuvieron muy presentes en sus pinturas. Nunca supo dar respuesta a esta atracción hasta que alguien, sin saber su trayectoria, traslució que había sido un caballero andante en otra vida anterior. “Fíjense ahora, -señala sonriente Juanes enteramente Don Quijote”.

La India cambió la vida y la obra de Guillermo.

Por completo. Mira, la familia de mi padre se dividía en dos, una era rica y otra pobre. La rica era dueña de la plaza de toros de Santa María, en Bogotá. Allí mi padre quedó impactado ante tanto dolor, se tapaba los ojos para no ver aquel sufrimiento. Un familiar suyo le decía “abre los ojos y aprende a ser un hombre”. Aquella frase le marcó durante mucho tiempo ya que su pregunta vital era “¿qué es ser un hombre?”. 50 años después, yendo en coche por La India, se encontró a un sabio sentado, junto a un camino. Mi padre paró, se bajó del coche y comprendió “ésto es ser un hombre”. La enseñanza es que para todo necesitamos una referencia, algo que nos guíe. Para él, la referencia es la naturaleza. Eso lo aprendió en La India y lo reafirmó en Noruega.

Según tengo entendido, allí entró en contacto con el Ser Supremo,
¿hablamos de un Dios creador?, y si es así, ¿cómo se establece esa relación entre “creadores”, uno del universo que conocemos y otro de un universo onírico habitado por seres imaginarios?

Mira, mi padre tuvo una revelación al experimentar la muerte. Estuvo
muy cerca de ella. Aquello le cambió su manera de ver la vida y su forma de entender la muerte. Para él, el Ser Supremo es el único creador y el artista sólo un instrumento canalizador.


Mi imagino, entonces, que el proceso creativo dependerá fundamentalmente de la “inspiración divina”?, por decirlo de alguna manera.

No sabe de dónde viene pero cuando llega, le crea una angustia tal que no puede parar hasta verlo acabado, se convierte en una obsesión. Esa inspiración puede llegarle a las cuatro de la mañana, ya sea un cuadro o una poesía. Es muy instintivo, se mueve por impulsos.

¿Por qué escoge Málaga para vivir, qué encuentra aquí para asentarse?

Málaga tiene una energía muy especial, aunque cada vez está más camufl ada. Mi padre estaba buscando un lugar cálido. Los grabados se vendían muy bien en aquella época en EE.UU. y andábamos sin problemas económicos de acá para allá. Estuvimos en Italia, la Costa Brava, Barcelona, el sur de Portugal. Vivimos seis meses en Nerja y luego alquilamos una casa en el Limonar, en Málaga. Justo cuando también nos íbamos a ir de aquí, vino un hombre a decirnos que iban a abrir un centro de yoga en Churriana. Eso le decidió a mi padre a quedarse.











   
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