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Nº 50 Verano 2007
 
 
 
 
    Donde nos lleve el viento...
Donde nos lleve el viento...

Texto: Roberto Fernández.
Fotos: Eduardo Grund.
Existen mil formas de vivir un viaje, de hacer turismo, de visitar las ciudades, de contemplar los paisajes…, aunque ninguna se le parece a disfrutar del mundo a vista de halcón. Toda una aventura que sabemos donde comienza, en Antequera, pero no donde termina.

En contra de lo que habitualmente se piensa, volar en globo es muy seguro y no existen movimientos de ningún tipo a bordo de la cesta. Es el método más antiguo que ha utilizado el hombre para surcar el cielo y no ha sufrido evolución alguna en los elementos que componen un globo aerostático, una

cesta de transporte hecha de mimbre anclada con cables a una vela hinchable (globo) y quemadores para calentar el aire, lo que permite ascender o descender y así ‘navegar’ al son de una corriente de aire. Cuando le preguntamos a Santiago Valle —piloto aerostático con más de 800 horas de vuelo— hacia dónde nos dirigimos, sonríe y nos dice con mucha tranquilidad: “Donde nos lleve el viento…” Y es que en un viaje en globo se sabe de donde se parte, pero no el lugar donde se aterriza ya que el globo entra en las corrientes de aire y viajamos a la velocidad del viento, pudiendo sólo subir o bajar para así embarcarnos en otra corriente de aire y que puede ir en otro sentido. En todo momento, Santi se comunica por radio con un compañero en tierra que nos sigue con el vehículo de recogida. A bordo, la tecnología sí es más avanzada que el primer vuelo tripulado en globo de 1783, contamos con un GPS, una brújula, un velocímetro y un altímetro; todo está bajo control y la meteorología es muy favorable —si no, no estaríamos volando—, nos asegura con firmeza. “Hay un dicho en aerostación que lo dice todo: es preferible estar en tierra con ganas de volar, que estar en el aire con ganas de estar en tierra”. En esta ocasión, sobrevolamos la Llanura de Antequera, un gran valle de unos 50 km. que nos permite otear los simétricos campos de olivos que se convierten en un horizonte moteado hecho con tiralíneas, las extensiones de cereales de un intenso verde y surcos de tractor que contrastan con los ocres de los terrenos en barbecho. Dejamos atrás, empotrada contra una cresta de roca, la monumentalidad de Antequera y en un lado, la célebre Peña de los Enamorados; al oeste, Fuente de Piedra y su laguna natural, temporal aposento de los flamencos rosados; al este, el pueblo de Alameda, lugar donde está la tumba del más famoso bandolero español, José Pelagio Hinojosa, alias José María ‘El Tempranillo’. —“Ya estamos a 100 m. de altitud”— nos comenta Santi, pero lo cierto es que no hemos notado nada; no hay viento, no hay movimientos…, sólo se escuchan los quemadores de forma intermitente que nos llevan a las autopistas del cielo sin demora. “Ahora vamos a 20 km/h. de desplazamiento” —nos informa nuestro diestro capitán de vuelo—, pero seguimos sin notar nada; bueno sí, una serenidad plena, casi mística y que crece conforme ascendemos más y más. El globo —la vela, en el argot aerostático— dibuja una espiral amarilla sobre nuestras cabezas y nos situamos a la altitud y velocidad de crucero, unos 350 m. sobre el suelo y entre 20 y 25 km/h en horizontal. Un globo de propano es capaz de alcanzar más de 10.000 m. de altitud, pero a esa estratosférica altura necesitamos ir equipados con bombonas de oxígeno para no desfallecer y ropa de abrigo especial. Esos parámetros se pueden alcanzar en competiciones, donde Glovento Sur —empresa que nos brinda esta oportunidad — ha participado en circuitos como la Copa del Rey, Campeonato de España o Campeonato de Europa de aerostación.

Irse de copas

Cuando hemos subido al límite que nos hemos marcado en nuestra ruta, nuestro piloto deja de insuflarle aire caliente a la vela. Comenzamos nuestro descenso. El globo pierde presión y es cuando notamos una ligera brisa y es que estamos atravesando en nuestro descenso las corrientes de aire que están bajo nuestros pies. Santi vuelve a encender los quemadores y el globo regresa a su estado semicircular. “Ahora nos vamos a ir de copas” —nos anuncia—, lo que significa volar a ras de las copas de los árboles. A medida que nos acercamos a esos bares imaginarios, los precisos golpes de gas nos acercan más y más a los olivos que antes hemos contemplado desde arriba como pequeños arbustos. Las liebres huyen despavoridas ante el sonido de los quemadores y la presencia del artefacto. Pronto notamos en el mimbre el roce con esos árboles de donde se extrae el ‘oro verde’ y más adelante descendemos aún más, volando a escasos centímetros de la tierra, rozando algunos arbustos silvestres. De repente, volvemos a ascender, pero desgraciadamente nuestra aventura llega a su fin. Santi se comunica con su compañero de tierra y le informa de la posición en la que nos encontramos y el lugar probable del aterrizaje. —Vamos a tomar tierra cerca de Alameda, entre un campo de olivos y un sembrado—. Un vaivén en la improvisada cabina nos anuncia que la experiencia se ha acabado, pero sin duda, ha sido inolvidable.






El viaje en globo comienza entre las 7 y las 8 de la mañana para aprovechar la estabilidad meteorológica de las primeras horas del día. En tierra, la furgoneta de recogida sigue nuestra estela.






La monumental Antequera preside la llanura desde donde parte nuestra ruta. A vista de pájaro, el centro histórico aparece como una mancha blanca coronada por la Alcazaba y más arriba El Torcal.

Información de interés
> Para visitar tras el viaje: La ciudad de Antequera posee uno de los centros históricos-artísticos más bellos de Andalucía. Su monumentalidad, gastronomía autóctona y el Parajes Natural de El Torcal constituyen una de las ofertas más atractivas de la provincia de Málaga.

> Precio: 150 euros por persona. Incluye ruta en globo, sombrero protector, traslado tras el aterrizaje, desayuno antequerano y diploma recordatorio.

> Contacto: Tel.: +34 958 290 316 - Móvil: 678 885 078 www.gloventosur.com
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