| Los materiales de los que estamos construidos no han pasado el
control de calidad. Además, el diseño deja bastante que desear. Entre otras cosas que no se desgaste tanto con los calendarios hasta el punto de parecer irreconocible al mirarnos al espejo. Los
prodigiosos avances de la medicina, junto a la adecuada alimentación, que consiste en elegir cada uno lo que más le guste, han prolongado mucho nuestra estancia en este planeta azul, que es más azul todavía si vivimos cerca del mar. Somos un país privilegiado, aunque no a todos nos conste el privilegio. Vivimos mucho y podríamos vivir muy bien si aprendiésemos a desvincularnos de algunas tercas cuestiones engorrosas. Ahora, quiero decir en los últimos cinco años, la tasa de mortalidad ha
bajado entre nosotros en un 7 porciento. No sólo eso: la diferencia en la proporción de defunciones entre hombres y mujeres ha disminuído notablemente.
Antes parecía como si no nos muriéramos más que nosotros. Por eso pudo decirse que cada español pasea del brazo ala vez con su mujer y con su viuda. La Parca, cualquiera sabe cuál de las tres, ha impuesto su cuota y gracias a la paridad las esquelas se van equiparando. En todo caso hay que lamentar algo que siempre me ha obsesionado: ¿por qué se prolonga la vida humana por su cabo final y no por el centro? Hacer la existencia más larga en la última vuelta del camino sólo contribuye a que se vendan más bastones con contera de goma. El verdadero milagro de la ciencia sería estirar los almanaques a la altura, por ejemplo, de los cuarenta y cinco años de nuestra edad. “Madurez, divino tesoro”.
Como los dejé atrás hará unos treinta y cinco, si mal no recuerdo, pero tengo muy buen conformar, aquí me tienen: contento por seguir usufructuando la condición de contemporáneo. Fumándome varios cigarros y bebiéndome un gin-tónic mientras escribía estas modestas pero sinceras reflexiones. |