| Por favor o por miedo a la multa, pero el caso es no hacer más ruido que el necesario. Los españoles no somos partidarios excesivamente fanáticos de controlar los decibelios. Identificamos la alegría con el estruendo. Nos cuesta mucho reconocer que lo hemos pasado bien si no se ha armado mucho jaleo, si no se ha roto algo y si no ha sonado algún cohete. Quizá por eso el silencio se ha refugiado entre nosotros en algunos claustros o en cautelosas pisadas de los amantes clandestinos, que andan, como los gatos, con “planta de lana”.
Está demostrado que si se superan los 50 decibelios se establece un ambiente que deja de ser simplemente molesto para convertirse en perturbador, primero, y en peligroso para la salud, después. Los nativos, sobre todo si son recientes, parecen echar de menos el estrépito. Se han familiarizado con él y si entran, por casualidad, en una biblioteca y ven a un grupo de lectores bajo las “estudiosas lámparas”, creen que son marcianos. ¿Cómo podrán divertirse estando callados y, sobre todo, sin que suene nada?, se preguntan. El ruido está arruinando las vacaciones de muchos extranjeros no habituados y también de muchos españoles que no logran habituarse. No sólo en los litorales y en las grandes ciudades, sino en los pueblos de tierra adentro ha cundido la moda con tal intensidad que ya no es posible oír los famosos y tenues “mil ruídos del campo” sino el unánime e impetuoso ruido de las discotecas.
Los médicos aseguran que vendrán generaciones de sordos. Ya se sabe que no hay peor sordo que el quiere oír a todas horas del día y de la noche una música a todo volumen. Es una forma de ahuyentar a ese otro que siempre va con nosotros y de no permitirse, no ya una discusión, sino una breve charla apacible con uno mismo. El mejor slogan turístico sería prometer “Pueblo silencioso”, “Playa sin feria” o “Zona sin orquesta”. No todos los silencios son sepulcrales: los hay para poder vivir.
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