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Nº 52 Otoño 2007
 
 
 
 
El Faro. Paisajes. Parque Natural Los Alcornocales / La última selva mediterránea
Casares
(magia blanca)
La amalgama de casas forma una sólida cascada de cal que al derramarse entre las dos lomas, sumerge a las níveas calles en la hendida sierra. Este pueblo albino, prendido de salitre, traza en el poniente malagueño uno de los lugares más cautivadores de la Península Ibérica.
Texto: Esteban Montero. Fotos:F.Quevedo.

Es como si el oleaje hubiese llegado hasta las montañas, ondulando a su paso colinas y cerros, depositando a Casares antes de retirarse. Un poso de espuma caliza estancada entre lomas gemelas y en cuyo vértice, el malherido castillo, simula los restos de un antiguo naufragio arrastrado por la marea.
Hace muchos siglos, antes de que Casares fuera Casares y que Málaga fuera Málaga, un grupo de intrépidos íberos desembarcó en este extremo del Mediterráneo y allí fundó un inexpugnable poblado. Más tarde, los romanos demostraron que aquel baluarte no era tan invencible como decían y se apoderaron de él. Julio César, que por aquel entonces no era más que un ambicioso pretor, se dio un certero chapuzón en los sulfurosos Baños de Hedionda, a pocos metros de la población, con el propósito de aliviar diversas molestias cutáneas. Tan buenos resultados obtuvo que (rima la leyenda) ofreció su nombre a dicho lugar, el cual pasó a llamarse Caesar. Luego, por la propia deformación que produce el tiempo y el habla, se rebautizó como Casares.
Otros, en cambio, atribuyen a los moriscos su origen etimológico: Caxara (fortaleza). Sea como fuere, Casares fue en la antigüedad un pueblo próspero, rico por su estratégico emplazamiento y sus bondadosos cultivos.
El azar también quiso que Casares se convirtiera, más recientemente, en la cuna del padre del andalucismo. El 5 de julio de 1885 nacería aquí, en la calle Carrera, Blas Infante. Un hombre que defendió hasta la muerte (literalmente) la idea y el sentir de su tierra.


ALMA MORISCA
El trazado de Casares, declarado Conjunto Histórico-Artístico Nacional en 1978, viene marcado por sus estrechas calles y sus inesperadas plazas, perpetradas para el descanso. También por sus casas, con fachadas en relieve impregnadas de cegadora cal. Son viviendas, en su mayoría, de dos plantas, sencillas en su forma, frescas en verano y cálidas en invierno, adornadas con presumidas macetas que se asoman a cada balcón y a cada ventana para saludar con su aroma y su color al que transita. Las vías moldean un juego de toboganes: vertiginosas pendientes, ceñidísimos pasajes... Su alma morisca se aprecia con deslumbrante nitidez desde la lejanía, cuando las casas de Casares se elevan sobre el camino, agolpadas unas sobre otras de manera atropellada.

Arriba, en la cumbre, reposan los restos del castillo árabe: ruinas que testimonian el paso de una magnífica civilización. Sobre la fortificación se construyó en el siglo XVI la antigua Iglesia de la Encarnación. Sin embargo, cuenta esta última con una vecina del mismo nombre, la actual Parroquia de la Encarnación, de procedencia conventual. Desde el marchito baluarte la panorámica del mar y la sierra es majestuosa.

Tras descender calle abajo, es aconsejable desembocar en la fuente de la Plaza de España, obsequiada por Carlos III, un lugar idóneo para recobrar fuerzas. A pocos pasos está la Casa Natal de Blas Infante, el cual encierra un interesante museo y centro cultural.


BRISA DE MAR, AIRE DE SIERRA
A medio camino entre la Costa del Sol, la Serranía de Ronda y el Campo de Gibraltar, Casares compone un lienzo de recios contrastes. Los inaccesibles tajos que seccionan sus alrededores son refugio y aposento de una colonia de buitres leonados, un animal de más de dos metros de mal augurio que sobrevuela a diario el cielo casareño para llegar hasta la sierra de La Utrera. Es en este lugar donde se encuentran los baños romanos de La Hendionda, de alto valor arqueológico.

De espaldas a las montañas, la ruta se desliza hacia el mar. Las florecientes huertas enseñan el camino hacia la desembocadura del río Guadiaro en tierras gaditanas. Poco antes, Casares besa el mar en una pequeña franja al oeste de Manilva. Su playa es virginal, rocosa, custodiada por la Torre de la Sal, promontorio de piedra que veló, hace centurias, por la seguridad de su costa
  








Información de interés

PARA IR: Se encuentra a unos 120 Km. del aeropuerto de Málaga por la Autopista del Sol hasta el desvío de Manilva. Luego, son unos 20 kilómetros de carretera de montaña. Un trayecto que puede durar una hora desde la capital.

NO OLVIDE DEGUSTAR ... El conejo en todas sus formas (o casi todas). En verano, los casareños realizan una modalidad de gazpacho muy rica y fresca. De postre, tortas fritas acompañadas de miel.

NO SE PIERDA... En la primera quincena de agosto, la feria local. A mediados de septiembre, la llamada feria de Cristo que se celebra con una gran romería donde participa toda la comarca.

 
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