Su retiro en 2002 dio paso al mito. El torero más grande desde Manolete, según muchos entendidos, se refugió durante cinco años en Estepona para amansar el vértigo de la gloria. José Tomás necesitó sacar los pies del albero para volver a ponerlos sobre la tierra. Este año ha vuelto a los ruedos y su figura, lejos de decrecer, continúa elevándose hacia la leyenda.
El torero José Tomás Román Martín, nació el 20 de agosto de 1975 en Galapagar (Madrid). Es sobrino-nieto del ganadero Victorino Martín pero su afición por la tauromaquia se la inculcó su abuelo Celestino, con quien asistía desde niño a las corridas en el coso de Las Ventas.
La primera vez que se vistió de luces fue en una novillada en Valdemorillo en febrero de 1991. Sin embargo, tuvo que marchar a México para poder torear con regularidad. Allí recibió la alternativa en diciembre de 1995, confirmándola en Madrid en mayo de 1996, de manos de José Ortega Cano y en presencia de Jesulín de Ubrique.
Sus actuaciones en Madrid, donde se proclamó triunfador de la Feria de San Isidro tres años consecutivos (1997, 1998 y 1999), marcan un antes y un después en la historia del toreo. La revista El Cossío dijo de él: “Nadie puede entender cómo un hombre sea capaz de semejante belleza”. Barcelona, Granada, Málaga, Sevilla..., las plazas de toda España se rendían ante la genial pose de Tomás. Nació el fenómeno conocido como ‘tomismo’ o ‘tomatosis’. Diversos expertos ya hablaban de un ‘torero de época’.
Sin embargo, en el 2002 anunció su retirada. Tras tener en vilo a la afición un lustro, José Tomás reaparecía el 1 de marzo de 2007en la Monumental de Barcelona. Con el coso barcelonés lleno por primera vez desde 1985, el diestro madrileño realizó una faena memorable. El cartel de ‘No hay billetes’ ha colgado allí donde ha toreado, aunque muchas tardes se han visto salpicadas con frecuentes cogidas, una de ellas, en La Malagueta, de espeluznante recuerdo.
Tomás sigue residiendo en Estepona, donde ejercita su particular retiro espiritual. Para muchos es el último gran torero. Un hombre, en palabras de un cronista de El País, que es “silencio poético y misterioso, un tanto hermético, más fácil de percibir que de entender, el silencio granítico y frío de Galapagar trasladado al silencio insondable del mar Mediterráneo. Un silencio que estremece, porque no rehuye el silencio que merodea la muerte. Pero lo torea”. |