| En Málaga, agosto se prolonga a veces hasta finales de octubre. El sol no dimite y el Mediterráneo continúa mostrando su vocación de lago. El verano sigue, pero los que no siguen son los veraneantes. Se han ido todos, salvo uno, que sigue dejando las huellas de sus pies en la arena. Lo contemplo desde la terraza, mientras me asedia el feo pecado de la envidia. Es una sensación improductiva. Mejor sería decir que sólo produce rencores mudos y además ofrece la peculiaridad de disminuir nuestras autodefensas orgánicas. Intento luchar contra esta sensación al ver cómo pasea por el rebajale este hombre de mediana edad que sin duda no tiene mucho que hacer, pero que está haciendo lo que me gustaría hacer a mí.
¿Quién es?, ¿cómo se llama?, ¿cómo ha sido su vida? Me gustaría conocerle, pero ya no tengo edad de bajar hasta la orilla en octubre ni en ninguna otra estación del año con el batín celeste que me regaló Legrá cuando se retiró del boxeo. Si bien se mira, para ser amigo de alguien hace falta que se reúnan una serie de enigmáticas casualidades. La primera, coincidir, no sólo en el tiempo, sino en el espacio. ¿Cuántas almas gemelas habrán existido con las que nunca entablamos la menor relación? Fueron de otra época o de otra ciudad o, quizá, vivieron en nuestra misma calle, pero el caso irreparable es que no las conocimos.
El desconocido paseante por la orilla viste traje de baño, que es casi lo mismo que no vestir nada, pero no traspasa la voluble frontera que establece el sosegado oleaje. Se conoce que no le dice su canción ni siquiera al que se prestaría a acompañarle o bien que para andar con él sólo le bastan sus pensamientos. No es que me gustaría ser como él, sino más bien que me gustaría ser él. Un día de éstos me decido, después de tantos años, a ir a la playa y, aunque me entre arena en los zapatos, me acerco y le digo: ¿Usted quién es, amigo?
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