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Puede que hayan perdido fuerza, pero no ánimo. Algunos se apoyan en
esa tercera pierna última que llamamos bastón y todos parecen contentos.
Cuando Chesterton vio a una expedición como ésta comentó, con
esa mezcla de piedad y burla, más un ingrediente mágico que forma
parte de la fórmula del humor: “Se bajaron del autocar viejas de ambos
sexos”. Es verdad que la vejez iguala, pero ellos tienen un componente común: una
extraña sustancia hecha a medias de curiosidad y alegría. Han venido a ver, después
de haber mirado tantas cosas. Los turistas que se bajan del autocar que les ha traído
hasta Málaga visten trajes claros, lo que indica que no consideran obligatorio identificar
la vejez con el luto. Están dispuestos a asomarse a nuevos paisajes y a comer paella
a deshora. Dicho de otro modo: están dispuestos a vivir hasta el final de sus vidas.
Me dan envidia estos expedicionarios. Quizá influya la circunstancia de que
los estoy viendo en un momento en el que procuro, en vano, aclimatarme a la soledad.
“Presenciadas por dos, cambian las torres”, dijo un poeta. Otro se
hizo una pregunta de difícil contestación:
“Ojos
que no ven lo que
ver desean, ¿qué
verán que vean?”.
Quizá no sea cierto,
aunque sea consolador,
eso de que
quien es joven lo
es para toda la vida.
Hay ausencias que
precipitan los calendarios.
Por eso me
están dando envidia
las personas jubilosas
que se bajan del autocar.
Cada una tendrá
su historia, pero al
parecer no quieren
darla por terminada y han emprendido un viaje desde su país para asomarse a otro
y llevarse un trocito de sol pegado a su piel, poner unas cuantas postales a sus nietos,
observar cómo dimiten las olas en el anchuroso lago Mediterráneo y cargar con
una serie de recuerdos para poco tiempo.
Como ellos. Me gustaría ser como ellos.
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