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Nº 56 Otoño 2008
 
 
 
 
Reportaje: Folclore Milenario
Folclore Milenario

Texto: Esteban Montero
Fotos: Montuno.
De todos los cantes del sur destacan por solera y arraigo los verdiales, rito ancestral de música y danza vinculado a la recogida de la vid. Esta auténtica reliquia de la cultura malagueña, cuyo enigmático origen se asocia a remotos cálculos astronómicos coincidentes con los solsticios de verano e invierno, sigue viva. Y por muchos siglos
Panderetas, guitarras, violines, cintas y sombreros de vivos colores. Son los verdiales, la manifestación musical más antigua de Málaga y, posiblemente, una de las más atávicas de Europa. Los verdiales hunden sus raíces en el Mediterráneo pues sus orígenes se asocian al cultivo de la vid. Una conexión que podría remontarse 2.500 años antes de Cristo.
Durante siglos, los verdiales maduraron al amparo de los misterios agáricos de dos civilizaciones: íberos y tartesos, en la zona comprendida entre la desembocadura del río Vélez hasta el límite occidental de la provincia de Málaga. Las sucesivas invasiones y colonizaciones no lograron su desaparición. Es más, durante el Imperio Romano aumentó su popularidad, hasta el punto de que algunos patricios decidieron exportarlo a determinadas metrópolis. Una certeza plasmada en el mosaico ‘Músicos ambulantes’ de la Villa Cicerón, en Pompeya, conservado en el Museo Nacional de Nápoles. En dicha obra, se muestra a unos músicos (ludiones), tocando los mismos instrumentos que usan las modernas pandas de verdiales al tiempo que se adornan la cabeza con hojas y flores de forma parecida al actual sombrero de ‘fiestero’.

De hecho, el origen filológico y semántico de la palabra ‘verdial’ podría proceder del vocablo latino ‘viridis’, es decir, lo verde, lo vigoroso, lo vivo, lo joven.

Tras la invasión árabe, los verdiales prosiguieron habitando los montes y campos de Málaga. La controversia alrededor de la influencia árabe en la evolución musical de los verdiales ha sido constante y aún sigue abierta. Son numerosos los escritos, pasados y presentes, que sostienen el origen morisco de los verdiales. El barón Charles Davillier, en su obra ‘Viaje por España’, escrita durante la primera mitad del siglo XIX, apuntó lo siguiente: “Los primitivos aires de verdiales malagueños tienen sin duda un origen morisco, son las mismas melodías que cantaban acompañándose del laúd, los súbditos de Ib Alcamar y Boabdil el Grande. Sus coplas son trozos de antiguos romances moriscos”.

En esta misma dirección, Ricardo Molina y Antonio Mairena afirman: “Se trata de un cante típicamente morisco en el que sin duda resuenan ecos del primitivo fandango de los moros andaluces, representando el instrumental la proyección estilizada de la orquesta norteafricana”.

Por el contrario, entre las tesis de aquellos investigadores que opinan que los verdiales son anteriores a la llegada de los árabes a España, encontramos la de José Ruiz Sánchez. El eminente académico malagueño pone en tela de juicio “ las teorías proárabes” pues no dan una explicación válida al origen de la lírica romance en el seno de la sociedad andalusí. Igualmente, José Luque Navajas admite que “efectivamente, creíamos que el origen era árabe y que se habían conservado a través de los moriscos, pero cada vez se vierte más luz sobre su nacimiento. El fenómeno musical y antropológico es mucho mas antiguo y tiene un origen mediterráneo y una motivación religiosa, pagana y mitológica”.

Este mismo autor considera que “debido a su copioso acompañamiento, los verdiales han evolucionado muy poco dentro del cante flamenco, conservando aún su naturaleza primitiva, de una rudeza y autenticidad impresionantes”.

Durante los siglos XVII y XVIII los verdiales siguieron ocupando el centro de gravedad del folklore malagueño, sobre todo en los partidos rurales cercanos a la capital y en casi toda la comarca de la Axarquía. En este largo camino de centurias se le unió un baile-cante, la ‘maragata”, que llegó a ser muy popular en los Montes de Málaga. Fue también conocido como ‘churripampa’, ‘salgausté’, ‘molinera’ o ‘paloma’, entre otros apelativos.

Hacia la mitad del siglo XX, los verdiales partieron de su zona de origen hacia la capital. La Peña Juan Breva tuvo una destacada influencia en ello, así como el veterano 'fiestero' Antonio Fernández, más conocido como 'Povea'. La emigración campesina hacia la ciudad resultó también decisiva, formándose barriadas verdialeras como Campanillas, Castañetas, Huertecilla Maña, Ciudad Jardín, Puerto de la Torre o San Alberto, al tiempo que se creaban peñas y asociaciones afines. A partir de aquel momento, comenzaron a organizarse reuniones ('choques' en el argot 'verdialero') en las Ventas de los Montes, así como concursos y semanas de estudios. Todo ello contribuyó a la propagación de los tres estilos existentes.

El día de los inocentes
Las fechas más señaladas del verdial coinciden en el calendario con las celebraciones paganas. Así, el solsticio de invierno era la época elegida en la Atica para conmemorar las 'dionisias campestres' mientras que el emperador Domiciano estableció las 'saturnales' del 17 al 23 de diciembre. Los verdiales, por su parte, festejan su día grande el día de los Santos Inocentes, de ahí el cariñoso apelativo de 'tontos' a los verdialeros.

Cada 28 de diciembre, la Venta de San Cayetano logra reunir a decenas de pandas de verdiales llegadas desde diversos puntos de la geografía malagueña. En los últimos años, esta concentración folclórica a atraído a más de 60.000 personas.

Como bien explica el diccionario popular verdialero, desde el punto de vista musical, "es la guitarra la que lleva el rasgueo rítmico del fandango primitivo, sin pausas ni silencios, sin aceleraciones ni retardos, siempre al mismo compás de tres por cuatro. Los acordes se suceden en ciclos de cuatro compases iguales. Sobre ellos, el cantaor coloca la copla de seis fragmentos cadenciales, con libertad de medida, siempre que las cadencias estén dentro del ciclo de cuatro compases, pudiendo adelantarse o retrasarse el acorde de la guitarra que marque el cambio". El acompañamiento tiende a ser plural, adquiriendo "mayor riqueza cromática que el propio cante" cuando se le une el violín, el cual permite florituras y barroquismos. El ritual del baile es el que simboliza de forma concluyente la condición pagana del verdial. Es una danza tribal, físicamente sugerente, donde ambos sexos dibujan movimientos circulares formando un remolino corporal que tiene como fin último y trascendental la consagración de la fertilidad.

En cuanto a la vestimenta, lo más singular es sin duda el sombrero de verdiales, un adorno que hasta hace poco sólo se llevaba los días del solsticio de invierno. Evoca en cierta forma aspectos de la liturgia saturnal. El enigmático poder de invocación que tienen los espejos y las cintas de colores es algo a lo que se le ha dado múltiples explicaciones.

Tres estilos
Existen tres estilos diferentes de verdiales coincidentes a tres zonas de la provincia de Málaga: el de Almogía, el de Comares y el de Montes de Málaga. El primero es el más rápido de toque y su repique de platillos lo distingue del resto. Además, es el que comprende mayor extensión geográfica. El de Comares se extiende prácticamente por toda la Axarquía. Sólo en este estilo se utiliza el laúd. El estilo de los Montes de Málaga destaca por su compás impetuoso, si bien es un poco más lento que los demás. El cante tiene aquí más realce. Así mismo, el pandero es de mayor dimensiones, con 25 pares de platillos. Los Verdiales son la manifestación viva del folclor milenario de Málaga. Seña de identidad de una cultura que hunde sus raíces en las entrañas del tiempo.

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